Novedades

Corriendo parte de la BF Goodrich Baja 500 con Apdaly López

Las primeras 40 millas de la carrera junto al piloto mexicano

Las primeras 40 millas de la carrera junto al piloto mexicano

El calor del desierto de Baja California es fuerte, pero el viento que entra por los lados del buggy en el que voy amarrado me mantiene fresco. A unos metros a mi derecha, hay un precipicio al que parece que cada vez nos acercamos más, pero la pericia del piloto y la buena comunicación del copiloto hacen que nos mantengamos en la ruta. El terreno montañoso de Baja California, México hace que sea perfecto para correr en el desierto.

Se muestran imágenes de la Baja 500.

Estoy sentado en la parte trasera de un buggy más chico que el que se utiliza en la serie Super Buggy para correr en el desierto. El arnés de seguridad me mantiene pegado al asiento, de una forma tan apretada que el coxis me empieza a reclamar. Es la mañana de un viernes antes de que inicie la Baja 500, una de las carreras en el desierto más famosas de este mundo. Al volante va Carlos “Apdaly” López, quien es asistido por Luis Omar Montiel. Apdaly es un piloto mexicano quien ha ganado la Baja 500 y la Baja 100 en años anteriores en la categoría de Trophy Trucks. Su copiloto ha sido su compañero durante años, lo que ha llevado que ambos funcionen muy bien como equipo. Voy como testigo del último recorrido que Apdaly hace antes de competir al día siguiente en la 50 edición de la BF Goodrich Baja 500, y su habilidad para controlar el buggy a altas velocidades hace que se vea fácil dominar las colinas de Baja. Las curvas bruscas parecen no asustar a Apdaly, quien hace tan pocos movimientos al volante que sabe exactamente cómo deslizar las ruedas traseras sin tener que bajar la velocidad.

En las rectas, la velocidad máxima que alcancé a ver fue de 90 mph, pero la noche anterior Apdaly me comentó que llegaría a 130 mph en la carrera. Si a esta velocidad voy con mis manos pegadas al cuerpo mientras el aire pega con fuerza en el visor de mi casco, y en la mente voy gritando groserías, no me quiero imaginar cómo es la experiencia más rápido.

Poco después llegamos a un alto total. El fuerte ruido del motor no para de sonar tras de mi. A escasos centímetros se encuentra un propulsor que parece haber llegado del Corvette, pero de pronto escucho la voz de quien va al mando. “¿Cómo vamos? ¿Todo bien?”, dice Apdaly a través del radio. No sé cuántas vulgaridades dije antes de contestar a su pregunta. “Voy bien. Pero está difícil la ruta, ¿no?”, dije. “¡Uy, y esta es la parte fácil”, me dijo.

Durante las más de 40 millas de recorrido que hacemos esa mañana, Apdaly y Luis van tomando nota del terreno. Frente a Luis hay una pantalla táctil con GPS en la que se ve la ruta entera y nuestra ubicación en el desierto. Mientras Apdaly maneja, Luis está metiendo todo tipo de información en la pantalla. Una especie de emojis aparecen en la pantalla y Luis selecciona una por una. “Lo que hacemos es que marcamos todo lo que sea posible para que en la carrera sepamos qué esperar”, dice Apdaly. Luis marca una puerta en caso de que en la ruta haya uno de estos objetos.

La noche anterior, Apdaly me explicaba el tipo de comunicaciones que tenían durante la carrera y cómo habían desarrollado un lenguaje corto y rápido para poder reaccionar ágilmente al terreno. “Por ejemplo, en lugar de decir ‘sigue derecho’, nada más decimos ‘flecha’. Así yo sé que cuando hay una subida en la que no puedo ver el camino, solo tengo que seguir derecho y que no tengo que girar hacia ningún lado”, me dijo mientras cenábamos 30 cortes de carne en un churrasquería.

Hacemos una pausa. Apdaly le pide a Luis marcar el árbol que se encuentra frente a nosotros. Hay que marcar todo lo que se pueda para saber qué es lo que hay en la ruta a la hora de la carrera. Aunque la pista está bien marcada, Apdaly y Luis prefieren marcar todo lo que puedan en el sistema para saber qué es lo que tienen que esperar cuando corran la carrera.

Alrededor de la milla 30, el terreno se vuelve más técnico. Las enormes piedras sobre las colinas de Baja California nos dan un espectáculo natural con solo estar ahí, quietas, viendo cómo pasa el tiempo. Sus enormes formas me hacen pensar que si estuviéramos en Estados Unidos, ya hubiera un resort con campo de golf.

Aunque avanzamos a velocidades mucho más bajas que antes, Apdaly logra meterse a una alberca de polvo que hace que la cabina quede tapizada de un color arena. Después, hay un alto total. “Aquí es la milla 40, pero de ese lado es la milla 500”, dice Apdaly. “¿Así que a partir de este punto todavía faltan 40 millas más?”, le pregunto. “Sí”, responde fuertemente.

La noche anterior también me había reunido con Sal Fisher, una de las figuras máximas de las carreras en el desierto. “Esta es una de las carreras más difíciles de la historia”, me dijo. “También es la más larga, con 542.12 millas en total”. Apdaly coincidió; dijo que pasó mucho tiempo analizando una parte del terreno debido a los pasos difíciles que había. “Están muy adentro en la pista, así que no los vamos a poder ver”, me dijo mientras estábamos en el buggy.

El recorrido termina tras casi dos horas de manejo en el todoterreno. La última parte es más pavimento que terracería, pero aún así, Apdaly sabe que la carrera es muy demandante.

Al día siguiente, Apdaly iniciaría la carrera en el lugar 21, pero desafortunadamente no ganaría la carrera. Ese título se lo quedó Rob MacCachren, quien también es parte del equipo BF Goodrich, al igual que Apdaly.