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La Jungla de Asfalto: Calles Crueles

Otro caso similar es “Bart”, un desarrollador de software de 44 años de edad. En casi todos los aspectos, Bart tiene una vida sencilla: una casa modesta en Valencia, una TV Zenith de 20 pulgadas y algunos viajes ocasionales de fin de semana a Las Vegas. Pero al abrir su garaje, Bart da la impresión de tener acciones en Microsoft. A la derecha hay un viejo Chrysler LeBaron. “Mi auto de batalla”, dice Bart. Pero a la izquierda hay un Ferrari Testarossa 1988 color rojo sangre. El precio, usado, fue de US$91,500.

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Ver esa impactante pieza de escultura italiana sobre un fondo así es tan desconcertante como encontrar un Picasso en la pared de un Holiday Inn. Pero Bart no lo ve de esa manera. “Solía vivir en Minnesota, y con el hielo en invierno y todo eso, uno no puede tener un auto bello allá. Pero me prometí que si algún día conseguía un empleo en California, me compraría un gran auto. Siempre quisé un Ferrari. Además, me facilita mucho el conocer chicas”.

Ah, un factor común. Es claro que en Los Ángeles un buen auto es nada menos que un elemento esencial en el ritual de apareamiento —al diablo con los costos. Le pregunto a Bart si pensó en los posibles “beneficios colaterales” antes de comprar su Ferrari.

“Sí, se podría decir que sí”, dice con una sonrisa. “Hasta que me divorcié hace tres años, ese dinero se iba a utilizar para poner una pequeña pastelería”.

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